C. de lectores | 19 Septiembre de 2012 | Se vistió de fiesta el Cielo. Ya Ramón está
nuevamente con su amada.
Gracias abue,
no te voy a olvidar. Es que así como adulto extraño la calidez y suavidad de
tus manos que, como brisas, me acariciaban cuando niño; y esos manjares caseros
llenos de amor y luego las inolvidables tardes con tu viejo en el Paso, entre
el son de un chamamé y el cálido aroma del fuerte café en esas gélidas horas
otoñales, ahora comienzo a extrañar tu radiante y solitaria presencia tras el
vidrio de una galería donde esas veloces manos tejían sin cesar frente al
televisor con imágenes lejanas. Sin embargo, el faro de luz era tu presencia
convertida en una constante eternidad imaginada por mi inconciente, era el foco
ígneo atrayente de la unidad familiar con tus hijas, nietos y el biznieto.
Día del maestro, hora de saludar a tu larga
vocación docente. Otra vez protesté por no hallarte en la galería, olvidando lo
difícil que era septiembre por tus recuerdos, tus anécdotas, tus vivencias. Un
mes en el que siempre te recluías sin ganas en tu habitación, olvidando tu
patio mientras tus plantas grises quedaban tristes por no escuchar tus palabras
y sin esa alegría que trasuntaba tu voz.
Saludé a Lety, charlé vaguedades y luego
ingresé a tu dormitorio donde estabas acostada mientras el médico familiar te
examinaba con preocupación y aconsejaba tu inmediata internación. No me extrañó
tu negativa. Entonces, tratando de convencerte, fue cuando noté tu cansancio en
el mirar y sin que pierdas el ánimo comenzamos a charlar. Una conversación
bellísima, entre anécdotas, remembranzas y algunos chistes, sin faltar tu constante
preocupación por tu biznieto y mi mujer, Laura. Hacía mucho que no hablábamos
así.
Al fin logré convencerte porque confiabas en
mí. Entonces, fijaste tu mirada y me preguntaste firme, cual aleteo de pequeño
pájaro herido: "¿Y si me voy con el viejo?". Respondí con reto en estentóreo
reclamo: "¡Abuela! ? ¿y nosotros, no te importamos?".
Simple y
contundente contestación reflexiva fue la tuya: "Ivancito ? ya tengo 85 años
bien vividos, plenamente feliz, ¿qué más puedo pedir?".
Surgió en mi, entonces, una pausa reflexiva,
inquietante, por lo que apuré el viaje con el argumento de que había caído la
noche y la ambulancia demoraba excesivamente y posiblemente ni acudiría al
llamado. Traje la silla que usó Ramón y te ayudé a subir, fue cuando me expresaste:
"Esta es la primera vez que voy a un Sanatorio!". Respondí con una sonrisa: "Siempre
hay una primera vez".
Atravesaste el patio que hacía rato no
recorrías y en medio de él comentaste: "Qué lindo está mi jardín" y en un
susurro te despediste: "Chau casita, tal vez no te vuelva a ver". Te subí al
auto, angustiado, y cerré la puerta.
Confieso que soy persona extremadamente
seria, muy poco expresiva de mis sentimientos profundos, por lo que me extrañé
el impulso que me dominó para regresar, reabrir la puerta, darte un beso y
decirte: "¡Chau, abue, nos vemos mañana!" En el momento de emprender el corto
viaje pediste pasar por tu vieja casa materna, de tu infancia y juventud.
No sé cuales habrán sido los nervios de mi
tía Lety al conducir y las encontradas emociones de sus hermanas Marta y Edda,
mi madre, al arribo al Sanatorio. Todos tuvimos la dicha de saludarte. Apenas
diste un par de pasos expresaste, cansada: "Me duele mucho el pecho".
Y así te fuiste.
La desolación y el dolor en mí, solamente
menguaron con el latente recuerdo de esa última conversación que tuvimos.
Estabas feliz, te ibas feliz. Sin miedos, sin preocupaciones, con la imagen de
una familia bellísima educada en la sabiduría del abuelo, tu querido viejo, y
entrelazada en la unidad de tu paciente devoción y labor de madre, después
abuela y ahora bisabuela.
¡Gracias, abue!, no te voy a olvidar.
Tu nieto, Iván.
(*) DNI º
31.786.615 - Av. Ávalos 353 - Resistencia