C. de lectores | 17 Septiembre de 2012 | Héctor perteneció a esas familias que se
hacían llamar "turcas".
Su papá le enseñó desde chiquito a
manejar, cuando iban al campo o fuera de
la ciudad le daba el volante y lo dirigía.
El sueño de Héctor era tener su carnet a
los 18 años, aunque ya antes, su papá le prestaba el auto los fines de semana y
urdía los controles policiales.
Héctor siempre manejó bien. Era de esos
tipos simpáticos, "safados" que en ronda hacía reír por sus ocurrencias y
palabrotas entre vinito y vinito.
Una vez rondando los cuarenta por un
accidente doméstico perdió la visión del ojo izquierdo, Eso no le impidió
seguir manejando. Era viajante.
Y se sentía "dios" frente al volante,
cuando cambiaba de auto y lo probaba, en la ruta iba a fondo, cuando cruzaba el
puente Chaco- Corrientes veía la manera de ganarle al de adelante,
lanzando un Sapucai, cuando estaba cerca
de una barrera, se desafiaba a ganarle y pasarla antes que bajara del todo.
Si venía un perro, aceleraba y festejaba su
muerte, si había una manifestación "los toreaba" con el vehículo para le temieran, si un ciclista se le ponía cerca,
decía en voz alta "a este negro de m?a,
lo paso por encima".
Se sentía "con poder". Pero con el tiempo
tuvo que acudir a otros municipios para que le dieran el carnet de conductor,
no pasaría el examen físico, (lo sabía) y menos ahora que el alcohol dejaba ver
sus huellas en sus reflejos aletargados, y en sus manos
temblorosas y aunque ya había protagonizado algunos accidentes "menores" en la
ruta en la que saliera ileso, no
renunciaría a manejar nunca.
La historia de Héctor, puede parecerse a la
de muchos. A Héctor esa cultura de la especulación y de burlar reglas
(modalidad instalada en la Argentina) lo acompañó toda la vida, consideraba a su "viveza" un modo inteligente
de vivir.
Renovar su carnet falseando domicilios o dando
unos pesos, no lo consideraba
incorrecto, equivocados eran los que no reconocían que tenía destrezas todavía.
Nunca
se lo impidieron., pasó todos los controles, a los que saludaba
socarronamente: "gracias, jefe". Era testarudo e inconciente, con su vida y con
los demás.
Muchos frente al volante también se sienten
con el mismo poder de Héctor y avanzan, con su arma mortal que es el auto,
toman su propia existencia como una competencia de velocidad y como una
expresión de agresividad hacia todo lo que creen les molesta: el ciclista, el
perro, el anciano que cruza lento, el discapacitado que obstruye su calle., etc.
Hasta pueden llegar a descargar el malhumor
diario. Y pueden llegar a matar, pero
"fortuitamente porque se les cruzó". No
es dañino que un niño pueda tener el acompañamiento de su padre y aprender a
conducir desde pequeño. Pero además de saber las partes del auto, se tendría
que "mamar" las leyes de tránsito, y lo que será difícil de cambiar, es que se
entienda que el respeto al otro, a los
que circulan y a los transeúntes, es fundamental y la falta de respeto es un
delito. Y que a veces una multa no repara el daño.
Quienes viajaron al extranjero cuentan
asombrados, que al cruzar los vehículos aminoran la marcha. Bueno sería
preguntar en esos países, en que como les enseñan educación además de educación vial.
No hace mucho, una noticia informa que Héctor
falleció en un accidente, su vehículo chocó, pero como una ironía o frase echa
se expresaba "mordió la banquina". Héctor con sus 62 años murió en su ley.