Cholulas | 17 Septiembre de 2012 | La modelo argentina compartió con sus seguidores de Twitter una misiva que escribió un poeta y conductor chileno, quien también perdió un hijo de apenas 3 años. Se titulaba "Una luz tan blanca", dedicada a la nena que perdió Carolina Ardohain y Benjamín Vicuña.
A una semana de la muerte de su hija Blanca de 6 años, Carolina Pampita Ardohain compartió en Twitter la nota del poeta chileno Cristián Warnken "Una luz tan blanca" publicada en el blog de columnas y cartas del diario El Mercurio.
La misiva parece haber conmovido a la modelo ya que Warnken también sufrió la pérdida de Clemente, su hijo de tres años, al caer en la pileta de su casa y morir ahogado.
A continuación, la carta:"
Blanca Vicuña Ardohain: los niños vienen al mundo para hacernos
preguntas que no podemos contestar. Una de las tempranas señales claras
de que la primera infancia está llegando a su fin se da cuando nuestros
niños comienzan a hacernos preguntas que ya nopodemos responder
fácilmente sin quedarnos con esa sensación tan incómoda de que nuestras
respuestas son predecibles, obvias o ramplonas.
Debiéramos registrar en una bitácora las primeras preguntas de
nuestros hijos, esas preguntas locas, a las que uno puede constantemente
volver, cuando nuestra existencia corre el riesgo de volverse opaca y
banal. Esas preguntas insólitas y vivas, que nuestros niños más pequeños
nos han hecho en los momentos más inesperados, muchas veces nos salvan.
Nos salvan porque nos vuelven a poner en contacto con el asombro, ese
estado originario del hombre. Sin asombro, sin extrañeza, empezamos a
darles la espalda a los amaneceres, los atardeceres, a la novedad que
está en todo lo que somos y nos rodea, pero que se nos ha vuelto
rutinario y sin resplandor alguno. Los niños nos hacen ver el rostro de
nuestra amada de nuevo, los niños nos hacen recordar los nombres propios
de los pájaros de nuestro jardín, los niños nos hacen tirarnos de
espaldas en el pasto en la noche para mirar el cielo por lo menos una
vez al mes.
Hay preguntas de los niños muy difíciles de contestar, sobre todo si
queremos ser honestos con nosotros mismos y con ellos, y no simplemente
contestar por contestar. Son preguntas que siempre serán infinitamente
superiores a nuestras respuestas. Sí, las preguntas que nos hacen
nuestros niños son muchas veces difíciles o imposibles de contestar,
pero constituyen un regalo porque nos desinstalan de nuestras cómodas y
estériles certezas, y nos abren un cielo de dudas y perplejidades que
hacen que esta vida merezca la pena de ser vivida, y no '"sobrevivida".
Pero hay una pregunta que es la más difícil de todas, la más dura, la
más radical de todas: y es la que a veces nos hacen ciertos niños al
partir antes que nosotros de esta tierra. Esa pregunta sí que no tiene
respuesta, esa pregunta es un hoyo negro en nuestro costado, un hoyo
negro más vasto y vertiginoso que los hoyos negros del cosmos. Esos
niños son de la raza de El Principito, que dejó solo al aviador en pleno
desierto, sin haberle advertido nunca que se iría para siempre. No
hubiéramos esperado eso de nuestros niños: que nos dejaran al descampado
con una pregunta que quema, que duele, que clama al cielo. Entonces
miramos alrededor nuestro buscando responderla, y todos nos ofrecen
respuestas hechas, y nos pasamos rápidamente al bando de los niños
desilusionados de las respuestas muertas.
Y ahí comienza el milagro: que la ausencia de nuestros niños nos hace
niños otra vez. Tenemos que nacer de nuevo, de golpe. Desde el dolor de
no poder contestar. Tal vez esos niños y niñas vinieron a la tierra
para que comenzáramos a llenarnos de preguntas imposibles. Preguntas que
ta lvez lograremos contestar cuando nuestro corazón se haga niño, pero
ése es el órgano que más demora en volver a nacer. ¡Ahí nos damos recién
cuenta de lo duro que se ha vuelto nuestro corazón!
Nuestros niños que partieron antes tienen que tenernos paciencia,
tienen que esperarnos hasta que lleguemos al punto del misterio donde
están ellos. Y digo misterio, no digo verdad. Los niños son del
misterio, no de la verdad.
Pero, ¿podremos desaprender tanto que nos llenemos un día, sin darnos
cuenta, de preguntas nuevas y limpias, como un árbol se llena
súbitamente de pájaros? Yo tengo la esperanza de que eso ocurrirá,
porque hay un dolor que también es luz. Es la estela de luz que dejan
tras de sí los niños que partieron, niños cometas, niños estrellas
fugaces. Es la única luz que puede iluminarnos cuando las preguntas
angustiosas se agolpan dentro nuestro y no nos dejan dormir. Y esa luz
es una luz sin por qué, una luz sin cuándo, una luz sin cómo, una luz
tan blanca...".